viernes, 8 de enero de 2010

Cuidadín con los avales.

Siempre (pero siempre, siempre) hay que leerse la letra pequeña, y no sólo eso, además hay que entenderla, meditar sobre ella y, entonces, actuar en consecuencia. Lo que no se puede hacer es firmar cualquier cosa y si luego no conviene montar una pataleta.

Hoy, los medios de comunicación nos mostraban la historia de una pobre anciana a la que el banco le ha quitado la casa, y ante la desesperación y la impotencia, la adorable señora ha decidido encadenarse a la puerta de la sucursal del banco en un heroico intento por no perder su hogar.
Posteriormente llegaron los agentes del orden que, muy amablemente, invitaron a la anciana a desistir y terminar con su encierro. Ante la negativa de ésta, se procedió a desmontar un trozo de pared del banco y poder así terminar con dicha historia.

¡Arghh...! ¡Malditos bancos, vampiros deseosos de sangre fresca (en este caso es un decir)!

El asunto es que la señora, tiempo atrás, accedió a avalar con su casa un préstamo bancario para su hijo. Se ve que el señor no pagó y ¿ahora qué pasa? Pues pasa lo que se acordó que pasase: embargo.

Tanto si realmente no comprendía a qué se exponía al avalar, como si lo firmó a sabiendas de las posibles consecuencias, lo que no es de recibo es que ahora venga con semejante rabieta. Lo firmado, firmado está.

En mi opinión, además de quitarle la casa, deberían pasarle la factura correspondiente a los arreglos de la pared y los honorarios de los policías.


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